Los octógonos negros y el etiquetado frontal en Argentina siguen generando debate. Hace unos días estuve en Radio Delta hablando sobre este tema, y las preguntas que me hicieron me dejaron pensando varios días. Porque los octógonos negros en los envases de alimentos generan opiniones muy fuertes: algunos los defienden a capa y espada, otros los quieren sacar, y la mayoría de la gente los mira en el supermercado y después igual pone el producto en el changuito.
¿Por qué pasa eso? ¿Sirvieron o no sirvieron? ¿Qué está pasando hoy con esta ley? Te lo cuento desde mi mirada como nutricionista que trabaja todos los días con personas reales, con presupuestos reales y con una heladera que tiene que rendir hasta fin de mes.
¿Qué son los octógonos y de dónde vienen?
En octubre de 2021, Argentina aprobó la Ley N° 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable, más conocida como la Ley de Etiquetado Frontal. La idea era simple y poderosa: poner octógonos negros bien visibles en el frente de los envases de todos los alimentos que tuvieran exceso de azúcares, grasas, sodio, calorías o grasas saturadas. También se incluyeron leyendas de advertencia para productos con edulcorantes y cafeína.
¿El objetivo? Que cualquier persona, sin necesidad de saber leer una tabla nutricional, pudiera entender en dos segundos si ese producto era o no conveniente para su salud.
La implementación fue gradual: las grandes empresas empezaron en agosto de 2022, y las pymes se fueron sumando a lo largo de 2023.
¿Funcionó?
Acá viene lo interesante, y también lo complejo.
Los datos dicen que sí tuvo impacto. Una encuesta de la FCE-UBA mostró que el 97% de las personas nota los octógonos, el 94,5% entiende qué significan y el 61% dejó de comprar al menos un producto porque lo tenía. Eso no es menor. Para los alimentos que siempre se «autopercibían» como saludables —barras de cereal, yogures comerciales, galletitas de arroz— el impacto fue especialmente fuerte. La gente se sorprendió muchísimo al ver que tenían sellos.
Otro dato que me parece muy significativo: el mayor impacto se registró en la clase media. La gente que tiene cierto nivel de información y cierto margen de elección efectivamente modificó sus compras.
Pero acá viene la parte que yo veo todos los días en el consultorio y en la calle: ese margen de elección no existe para todos.
El problema que la ley no pudo resolver: el bolsillo pesa más que la intención
En época de crisis —y Argentina lleva varios años en eso— la gente no elige con la cabeza puesta en la salud. Elige con el precio.
Un paquete de galletitas rellenas con tres octógonos negros puede costar la mitad que una alternativa más saludable. Las papas fritas de paquete, el pan lactal industrial, las gaseosas: todos tienen sellos, todos son baratos, y todos siguen llenando los carritos de los supermercados.
No porque la gente sea ignorante ni porque no le importe su salud. Sino porque cuando no alcanza, se prioriza el volumen sobre la calidad. Porque alimentar a una familia con lo que hay obliga a tomar decisiones que ningún octógono puede cambiar.
Esto no es una crítica a la ley. Es una limitación estructural que ninguna política de etiquetado, por más bien diseñada que esté, puede resolver sola. Los octógonos informan. Pero informar no es lo mismo que habilitar a elegir.
El gobierno actual y el intento de eliminar la ley
En diciembre de 2024, el gobierno nacional ya había introducido modificaciones a través de las disposiciones 11362/2024 y 11378/2024 de la ANMAT, flexibilizando algunos aspectos del sistema y cambiando la forma de calcular qué nutrientes disparan los sellos. El argumento oficial fue «alinearse con estándares internacionales y simplificar la normativa».
Pero eso fue solo el comienzo. Recientemente, el Ejecutivo envió al Congreso un proyecto firmado por el presidente Milei, el jefe de Gabinete Adorni y el ministro de Salud Lugones para derogar completamente la Ley 27.642, sin período de transición.
El argumento del gobierno es que los octógonos generan confusión, que afectan a las pymes, que complican las exportaciones y que no modificaron hábitos de consumo. Desde el oficialismo también plantean que se trata de garantizar la «libertad de elección» del ciudadano.
Del otro lado, la Federación Argentina de Graduados en Nutrición (FAGRAN), organizaciones de consumidores y distintas entidades médicas advierten que esto sería un retroceso enorme en salud pública, especialmente en un país donde los índices de obesidad, diabetes e hipertensión están entre los más altos de la región.
Yo coincido con la preocupación. Porque una cosa es perfeccionar una herramienta, y otra muy distinta es quitársela a la gente.
«Cuando todo es negro, nada es negro»
Una frase que me quedó grabada del debate es esta: si más del 80% de los productos envasados tienen octógonos, la advertencia pierde fuerza. El sello se normaliza. Se vuelve paisaje.
Y eso también es real. Cuando en la góndola casi todo tiene sellos negros, el consumidor deja de verlos como alarma y empieza a verlos como decoración.
¿La solución es sacar los octógonos? No. La solución es sacar de las góndolas los productos que no alimentan.
Sé que suena utópico. Sé que hay industrias, lobbies, intereses económicos enormes detrás de eso. Pero si nos preguntamos qué debería pasar en un futuro no muy lejano para que los argentinos coman mejor, esa es la respuesta: no alcanza con advertir que algo hace daño si ese algo sigue siendo la opción más accesible y más barata.
Lo que queda pendiente
El etiquetado frontal fue un paso importante. Imperfecto, pero importante. Generó conciencia, cambió algunas decisiones de compra y obligó a muchas empresas a reformular productos para evitar los sellos.
Pero es solo una pieza de un rompecabezas mucho más grande, que incluye:
- Subsidios a alimentos saludables para que comer bien no sea un privilegio.
- Educación alimentaria real desde la infancia, no como materia optativa sino como herramienta de vida.
- Regulación de la publicidad dirigida a niños, que hoy sigue usando personajes, colores y estrategias diseñadas para generar adicción desde temprana edad.
- Políticas de acceso que achiquen la brecha entre lo que es nutritivo y lo que es económico.
Los octógonos solos no pueden hacer todo eso. Pero quitarlos sería como apagar las luces de una ruta peligrosa porque los conductores igual chocaban.
Mi conclusión, desde el consultorio
En mi práctica diaria veo dos realidades que conviven: personas que llegaron a la consulta motivadas por lo que vieron en una etiqueta, y personas que me dicen «ya sé que hace mal, pero es lo que puedo comprar».
Ambas son válidas. Ambas necesitan respuesta.
La ley de etiquetado fue una respuesta parcial a un problema enorme. Tocarla o eliminarla sin tener algo mejor para reemplazarla no es progresar. Es simplemente cederle el espacio a la industria alimentaria, que lleva décadas vendiéndonos productos ultraprocesados envueltos en promesas de salud.
El tema sigue abierto, el debate en el Congreso también. Y mientras tanto, la góndola sigue llena de opciones baratas que no alimentan.
Eso es lo que hay que cambiar.
Lic Carolina Pezzone Nutricionista MN4961